Retiro: «Te llevaré al desierto y te hablaré al corazón» (Os 2,1)

Propósito y objetivo

En una capilla o sala adecuada se disponen los asientos o cojines, si puede ser, en semicírculo o algo más en torno a la Biblia situada con toda dignidad en el centro, delante y rodeada de velas, etc., para subrayar su importancia. Si puede ser, se puede colocar al lado, pero un poco alejada (en señal de subordinación), alguna imagen o icono de santa Teresa de Jesús: al utilizar sus escritos y su enseñanza, hacemos ver que nos acompaña simbólicamente en la oración, que es ella quien la dirige. Se ambienta la sala o capilla de modo que no haya demasiada luz y el ambiente invite a la interiorización.

Nos proponemos recordar y renovar la fuerza del primer encuentro con Jesús, del momento o momentos en que nos convencimos, gracias a su amor y su presencia, de que nos quiere, de que nos ha elegido. Se trata de retomar la fuente de la experiencia viva de Dios que, a través de Jesús, brota en el centro mismo de nuestra vida. Una vez “allí”, intentaremos redescubrir y/o afianzar el sentido profundo de la oración como amistad real y concreta, experiencia viva de la fe, con Jesús, para, poco a poco, ir haciendo nuestras sus actitudes y dar frutos de conversión y buenas obras. Se pretende caer en la cuenta de que cada vez que oramos, en realidad, nos acercamos a la fuente que mana en nosotros y que nos  hace gustar la vida eterna.

Como agentes de Pastoral que trabajamos, preferentemente, con jóvenes sabemos que anunciar el Evangelio y cuidar pastoralmente a los que lo acogen y quieren seguir, no consiste en transmitir enseñanzas, ideas o doctrinas sino en contagiar “en vivo” las ganas de encontrarse con Jesús. Y que no se puede contagiar un “virus” que, personalmente, no se “padece”. Vamos a intentar en este día de retiro que la fresca y directa experiencia de Dios de Teresa de Jesús a través de sus palabras y su testimonio, haga revivir en nosotros la conciencia de nuestros encuentros personales con Jesús.

Como bien sabemos, el Papa Francisco nos fija a todos este objetivo al comienzo de la Evangelii Gaudium: renovar el encuentro personal con Jesucristo. Porque solo desde ahí, desde Él, su Persona, no solo desde ideas y consignas, es como sentiremos salvada nuestra vida y estaremos en disposición de contagiar el “virus” evangélico, de invitar a los otros a vivir lo mismo que nosotros estamos viviendo: la compañía y la amistad del Señor. Creo que para el Papa y para muchos otros teólogos y pastores, y diría que para una mayoría de creyentes, la nueva evangelización y la misión en nuestros entornos y circunstancias no es una cuestión de técnica o propaganda sino de contenido y mensaje y de convencimiento personal. Si repasamos los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles, no vemos a los primeros cristianos preocupados por estrategias o psicologías de masas –aunque no digo que no les hubieran venido mal como no nos vienen mal a nosotros–. No necesitaban publicitarse ni darse a conocer: su experiencia viva de la fe les empujaba a contagiar la revelación y la presencia de Jesús en sus vidas y en sus familias.

Partiendo de nuestra situación actual y personal

Por supuesto que el mundo ha dado unas cuantas vueltas desde entonces, pero la intención del libro de los Hechos es manifestar que la estructura eclesial y sus técnicas –humanamente necesarias, sin duda– no sirven de nada si el corazón no late haciendo eco de la vida nueva que Dios ha puesto en él gracias a su Hijo Jesucristo. Hace algo más de un siglo, otra carmelita, también doctora, Teresa de Lisieux, se dio cuenta de que la auténtica fuerza de la Iglesia está en el amor que late en su corazón, formado por todos aquellos creyentes que están y quieren estar en comunión con Jesús. Descubría así llena de alegría su propia vocación: estar en el centro y corazón eclesial que ama y se entrega al amor más absoluto para permitir así que la Iglesia evangelice, trabaje cada día por los más empobrecidos y necesitados, que dé el supremo testimonio del martirio: “La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre… Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares… En una palabra, ¡que el amor es eterno…! Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío…, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor…!”(Manuscrito autobiográfico B,  3vº).

Esto sigue siendo verdad para nosotros hoy día. Para encontrar el camino y poder seguirlo, para que la Iglesia siga siendo el Sacramento de salvación que debe ser, es imprescindible que todos nosotros nos pongamos en contacto con este Amor, que dejemos que renueve nuestra vida, sane nuestras actitudes, abra nuestra estrechez de miras. Necesitamos recordar y actualizar la amistad personal con Jesús, si acaso la tenemos un poco en segundo plano u oxidada, y si no, necesitamos hacer de ella el motor de nuestra vida y misión evangelizadora.

Dios da primero; no nos cansemos de recibir

Para ello, lo primero que tenemos que hacer es reconocer o recordar que en el Reino de Dios, en la vida de la fe, nosotros no hemos llevado nunca la iniciativa. A este camino, hemos sido atraídos por un Dios que nos ha dado la vida y nos ha amado primero y que ha intentado revelársenos por todos los medios a su alcance, por todos los resquicios que le hemos dejado. Teresa de Jesús comienza el Libro de su Vida confesando esto: Dios es el Señor de las Misericordias, esa Presencia que se le descubrió en su infancia dándole a conocer que las cosas de verdad son las que duran para siempre, pero que son también las que más cuestan. Desde ese momento, con altibajos, con vicisitudes de todo género, se aplicó a responder, a secundar ese amor que había tocado su vida. Descubrió el camino de la oración, practicó sus “técnicas” ayudada de los mejores libros y las mejores personas que pudo encontrar a su alrededor. Pero entre técnicas y libros y crisis y dudas y miedos destacó la Presencia de Alguien: Jesucristo, el Señor, fue su auténtico guía, su Maestro de oración, su Libro Vivo donde aprendió la Verdad, que es que somos queridos y amados sin merecerlo y que este amor nunca se cansa de buscarnos y perdonarnos hasta que decidimos, hasta que logramos darnos por entero a Él.

Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud, cuando nosotros, conociéndonos, queremos tornar a su amistad, ni de las mercedes que nos ha hecho para castigarnos por ellas; antes ayudan a perdonarnos más presto, como a gente que ya era de su casa y ha comido, como dicen, de su pan. Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir

Teresa de Jesús, Vida, 19,15

Aquí está la clave: en no cansarnos de recibir, en tener paciencia con nosotros mismos, en ir reaccionando un poco más cada día y a no desanimarnos nunca en las caídas. Es el mejor modo de comprobar por experiencia directa este amor infatigable y todopoderoso de Dios.

Avanzando en fe, esperanza, amor

Pues aunque creamos que, en la vida de fe, siempre estamos en el mismo punto, siempre nos confesamos de lo mismo, siempre tenemos las mismas respuestas ante las mismas situaciones, no es verdad. La fe es relación, amistad, y como tal, siempre se está moviendo. Aunque parezcamos detenidos, no lo estamos. Nos movemos, y si tenemos las actitudes correctas de respetar e ir comprendiendo la iniciativa divina, estamos avanzando. Lo que sucede es que, normalmente, lo hacemos muy poco a poco. Teresa estuvo más de veinte años en este proceso vital para hacer suyas de modo real las actitudes de Cristo, para dejarse convencer por su amor, para aprender a abandonarse a él con todas las consecuencias. Esta es su segunda gran enseñanza, que podemos expresar con las que dicen fueron casi sus últimas palabras: ‘es tiempo de caminar’. Estamos en camino, todos nosotros. Y es un camino donde la gracia y el amor de Dios pretende sacarnos de nosotros mismos para llevarnos a nuestro auténtico ser que es abierto, relacional, pero que, para hacerlo efectivo, debemos dejar espacio. En la práctica, se trata de vaciar parte de nuestros armarios vitales para que otra Persona pueda venirse a vivir a nosotros y tener una real influencia en nuestra vida. Teresa matizaba este proceso y lo animaba hablando de la “determinada determinación”, que es la voluntad decidida de aguantar, de perseverar pese a todos los pesares, que serán muchos.

Se trata ahora de aplicarnos cada uno esta sabiduría teresiana a nuestra propia realidad. Primero, intentar retroceder a ese tiempo y momentos fundamentales cuando nos encontramos con el Señor, cuando le vieron nuestros ojos y le escucharon nuestros oídos, directamente, por experiencia propia, no de otros. Sin duda, fue un encuentro con cierta oscuridad e indefinición pero con la suficiente claridad como para sentir el cariño, el aprecio de Dios por cada uno de nosotros y que habíamos encontrado un gran tesoro por el que, como veremos, vale la pena darlo todo. Sin duda en este encuentro tuvo que ver la oración o el servicio a la causa de Jesús, a la causa del hombre, frecuentemente necesitado. Algo pasó que nos decidimos a partir de ese encuentro o encuentros a querer estar siempre con Jesús. Pues se trata de volver ahí cuando parezca que nos vaya a poder el desánimo, y reconocer que Él sigue comprometido con nosotros, que, con casi toda probabilidad, si hay algún fallo, algún error, este ha sido por nuestra parte y que lo podemos corregir y superar reviviendo esa experiencia original.

Veremos de este modo por qué estamos aquí, por qué somos lo que somos y hacemos lo que hacemos: es por Él, es para responder a su amistad, a su confianza, y nos sentiremos en camino, lejos de aquel estado y momento pero cerca al mismo tiempo. Si no lo vemos así, será preciso bucear más profundo en nuestra conciencia, en nuestros recuerdos, ir admitiendo más verdades de nuestra vida, aconsejarnos con personas que nos quieren de veras y que conocen y pueden haber seguido nuestro proceso vital y de fe. Pero esta es auténtica experiencia de la fe, auténtica experiencia de Dios. Junto a ella, podemos volver a revivir que nos estamos solos, que somos queridos por quienes somos, no por lo que tenemos o hacemos o por lo que creemos valer. Y, además, podremos comprobar que en este tiempo no hemos perdido nada que realmente nos importase o fuese “nuestro”, solo nos hemos librado de adherencias, de impedimentos, de miedos e incertidumbres. Contemplaremos que nuestra ingenuidad de entonces se ha transformado en compromiso, en seriedad, en amor cada vez más maduro al Señor que nos quiere tanto. Redescubriremos el porqué de este amor: su gratuidad, el corazón mismo del misterio de la existencia.

Ahora comenzamos…

Para Teresa de Jesús, aquí radica la clave que nos pone en marcha: es Jesús mismo que se hizo el encontradizo con cada uno, que desde entonces, nos ha acompañado, nos ha perdonado, animado, sostenido, hecho ver el amor incomparable del Padre por cada uno. Es la Buena nueva: podemos ser orantes, somos orantes, tenemos que ser orantes, con tal que nos abramos a la verdad y caminemos en ella, sin miedo; con tal que respondamos al amor que sentimos amando a quienes comparten el camino con nosotros; con tal que nos vayamos desasiendo de lo que nos ata y nos pesa, de esos pequeños amores (amoríos) en los que creemos ir encontrando la vida y que no son más un reflejo del Gran Amor que nos ha creado y nos sostiene, que nos acompaña por los vericuetos de la existencia.

Materiales y textos de reflexión

1. Puedes leer estas palabras de Santa Teresa de Lisieux, que son la conclusión de la Historia de un alma, o sus Manuscritos autobiográficos:

Un sabio decía: «Dadme una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el mundo». Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios y porque la hacía desde un punto de vista material, los santos lo lograron en toda su plenitud. El Todopoderoso les dio un punto de apoyo: El mismo, El solo. Y una palanca: la oración, que abrasa con fuego de amor. Y así levantaron el mundo. Y así lo siguen levantando los santos que aún militan en la tierra. Y así lo seguirán levantando hasta el fin del mundo los santos que vendrán.  

Madre querida, quisiera decirle ahora lo que yo entiendo por el olor de los perfumes del Amado. Dado que Jesús ascendió al cielo, yo sólo puedo seguirle siguiendo las huellas que él dejó. ¡Pero qué luminosas y perfumadas son esas huellas! Sólo tengo que poner los ojos en el santo Evangelio para respirar los perfumes de la vida de Jesús y saber hacia dónde correr…

No me abalanzo al primer puesto, sino al último; en vez de adelantarme con el fariseo, repito llena de confianza la humilde oración del publicano. Pero, sobre todo, imito la conducta de la Magdalena. Su asombrosa, o, mejor dicho, su amorosa audacia, que cautiva el corazón de Jesús, seduce al mío. Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo pródigo que vuelve a Él. Es cierto que Dios, en su misericordia preveniente, ha preservado mi alma del pecado mortal. Pero no es ésa la razón de que yo me eleve a él  por la confianza y el amor.

Teresa de Lisieux. Historia de un Alma. Manuscrito C, 36-37

Preguntas para reflexionar sobre los textos:

1.1. ¿Pienso o creo en el poder transformador de la oración? ¿Por qué dirá Teresa de Lisieux que es la auténtica palanca con la que se puede mover el mundo? ¿Es solo un acto piadoso, personal, íntimo, un rendir cuentas a Dios de la propia vida sin más trascendencia hacia los demás y menos todavía, con influencia en la mejora de la sociedad y del mundo? ¿Es posible cambiar las cosas en mi vida y a mi alrededor en el diálogo con Dios, haciendo mía su forma de ver las cosas? ¿Por qué?

1.2. Respecto al segundo párrafo, prueba a pensar y recordar algunos textos evangélicos que te hayan impresionado o llamado la atención, donde aparezca Jesús hablando, obrando, revelándose. Si tienes a mano una Biblia busca y relee algunos de ellos. Intenta verlos como las huellas, las claves que te orientan en la oración y en la vida de cada día para encontrarte con Jesús. Piensa en esas ocasiones en que te has encontrado con Él y qué papel han tenido en este encuentro los textos de la Escritura, especialmente los Evangelios. Coge, por ejemplo, el texto de la Eucaristía de ese día y dialoga con Jesús a partir de él, de esa huella suya en nuestra realidad.

1.3. Sobre el tercer párrafo, ¿te has encontrado con Jesús en la experiencia de su misericordia? ¿Crees que tus pecados, tu falta de constancia o seriedad le van a detener a la hora de hacerte sentir su amor por tu, su cariño por tu persona? ¿Has experimentado fuertemente su perdón en los Sacramentos (Eucaristía, Reconciliación) o en el encuentro orante con Él? ¿Por qué? Intenta explicarlo.

2. Momento de oración / contemplación con Teresa de Jesús.

En el capítulo 26  de Camino de perfección Teresa explica del modo más práctico posible su método de oración, que podría llamarse recogimiento afectivo… Para lectores de san Juan de la Cruz, diríamos recogimiento afectivo activo, esto es, lo que podemos hacer de nuestra parte, con nuestras fuerzas para recoger el entendimiento y orar correctamente (esto es, con fruto en la vida).

Es la exposición de su pedagogía práctica, una vez que ha dejado clara la pedagogía fundamental (las tres virtudes grandes: amor de unos con otros, desasimiento de todo lo criado y la humildad). La oración es la vida pero también es vida, esto es, necesita espacio en nuestro ajetreado día. Teresa se preocupa en detalle de explicar cómo se ha de aprovechar este tiempo. Por supuesto, como ya comprobamos, la Santa habla de modo directo para su comunidad de monjas, explicando cómo han de hacer bien lo que tienen mandado (la oración litúrgica y comunitaria); por eso, cada uno tiene que aplicárselo a su caso particular porque la enseñanza, en sí misma, es oro puro.

Se trata de leer este texto (El capítulo 26 del Camino de Perfección de santa Teresa de Jesús, párrafos 1,2, 5,6 y 11) con calma, entenderlo bien y ¡ponerlo en práctica! (Si no te aclaras, te puedes ayudar con los comentarios).

Ahora, pues, tornemos a nuestra oración vocal para que se rece de manera que, sin entendernos, nos lo dé Dios todo junto, y para ─como he dicho─ rezar como es razón. La examinación de la conciencia y decir la confesión y santiguaros, ya se sabe ha de ser lo primero. Procurad luego, hija, pues estáis sola, tener compañía. ¿Pues qué mejor que la del mismo Maestro que enseñó la oración que vais a rezar? Representad al mismo Señor junto con vos y mirad con qué amor y humildad os está enseñando; y creedme, mientras pudiereis, no estéis sin tan buen amigo. Si os acostumbráis a traerle junto a vos, y él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis ─como dicen─ echar de vos; no os faltará nunca; os ha de ayudar en todos vuestros trabajos; le tendréis en todas partes. ¿Pensáis que es poco un tal amigo al lado?

Empezamos por donde sabemos… Por rezar con los labios, aunque poniendo el corazón en querer estar con Aquél que siempre nos acompaña y está pendiente de nosotros.

¡Oh hermanas, las que no podéis tener mucho discurso del entendimiento, ni podéis tener el pensamiento sin distraeros!, ¡acostumbraos, acostumbraos! Mirad que sé yo que podéis hacer esto, porque pasé muchos años por este trabajo de no poder sosegar el pensamiento en una cosa , y eslo muy grande; mas sé que no nos deja el Señor tan desiertos, que si llegamos con humildad a pedírselo, no nos acompañe; y si en un año no pudiéremos salir con ello, sea en más. No nos duela el tiempo en cosa que tan bien se gasta. ¿Quién va tras nosotros? Digo que esto, que puede acostumbrarse a ello, y trabajar andar cabe este verdadero Maestro.

La oración no es pensar, sino amar. Hacer hueco al Otro, al Señor, en nuestros pensamientos y ocupaciones, escucharle, responderle, pedirle o, simplemente, mirarle y descubrir cómo nos mira, con qué cariño nos ve.

 Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto: qué aflicción tan grande llevaba en su alma, pues con ser el mismo sufrimiento la dice y se queja de ella. O miradle atado a la columna, lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama, tanto padecer, perseguido de unos, escupido de otros, negado de sus amigos, desamparado de ellos, sin nadie que vuelva por él, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el otro os podéis consolar; o miradle cargado con la cruz, que aun no le dejaban hartar de huelgo; miraros ha él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, sólo porque os vais vos con él a consolar y volváis la cabeza a mirarle.

Inmediatamente, Jesús muestra que está vivo y responde a nuestro deseo y voluntad de acompañarle con la acogida, haciéndose cargo de nuestra vida, de nuestras alegrías, penas y sufrimientos, esperanzas. Él lleva sobre sus hombros el peso del mundo, de su misión, pero aun tiene tiempo y ganas de ocuparse de nuestras cosas. Hagamos la prueba y veremos que es verdad.

 ¡Oh Señor del mundo! (le podéis vos decir, si se os ha enternecido el corazón de verle tal, que no sólo queráis mirarle, sino que os holguéis de hablar con él, no oraciones compuestas, sino de la pena de vuestro corazón, que las tiene él en muy mucho), ¿tan necesitado estáis, Señor mío y Bien mío, que queréis admitir una pobre compañía como la mía… Si es así, Señor, que todo lo queréis pasar por mí, ¿qué es esto que yo paso por Vos? ¿De qué me quejo? Que ya tengo vergüenza de que os he visto tal, que quiero pasar, Señor, todos los trabajos que me vinieren y tenerlos por gran bien por imitaros en algo. Juntos andemos, Señor; por donde fuereis, tengo de ir; por donde pasareis, tengo de pasar.

Pues juntaos cabe este buen Maestro muy determinadas a aprender lo que os enseña, y su Majestad hará que no dejéis de salir buenas discípulas, ni os dejará si no le dejáis. Mirad las palabras que dice aquella boca divina, que en la primera entenderéis luego el amor que os tiene, que no es pequeño bien y regalo del discípulo ver que su maestro le ama

Conclusión del capítulo: juntaos a este buen Señor y Maestro, determinados a aprender y a pasar por el pequeño esfuerzo que supone el acostumbrarse a la oración y perseverar en ella… así saldréis buenos discípulos, no os dejará si no le dejáis… Es la puerta, el comienzo de una aventura increíble y maravillosa, en la que nos va la vida.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *